¿Es posible la reinserción económica en el mundo?

La menor participación del país en el comercio internacional provocó la pérdida de participación en la economía global desde mediados del siglo pasado. Hoy, el financiamiento externo resulta fundamental para revertir el proceso de descapitalización de los últimos años.

Buenos Aires, 20 de diciembre de 2014


ARGENTINA.- Algunos de los cambios tecnológicos más significativos durante los últimos 50 años tuvieron lugar en el campo de las comunicaciones y del procesamiento y manejo de la información a gran escala y velocidad. Estas transformaciones redujeron de forma significativa los costos del transporte, la comunicación y los relacionados con las transacciones y cálculos económicos.

Los más recientes avances vinculados con internet revolucionaron el modo de comunicarse, que está destinado a modificar profundamente los mecanismos del intercambio. Es evidente que dicha tendencia es uno de los principales motores detrás del llamado proceso de globalización.

La tendencia de la economía mundial fue a la integración. La participación del total de exportaciones mundiales respecto del PBI mundial no dejó de crecer. De representar menos del 8 por ciento, hacia 1913, pasó a superar, en la actualidad, el equivalente a 25 puntos porcentuales del PBI mundial. El crecimiento del comercio a un ritmo superior a la evolución del PBI nominal muestra a las claras que el mundo continúa integrándose sin pausa, con el estancamiento de los últimos años explicado por la baja en los precios internacionales.

Si bien la participación del comercio internacional no interrumpió su crecimiento, durante ciertos períodos debió confrontar ciclos de proteccionismo. A pesar de que casi la totalidad de los economistas favorece el libre comercio y la literatura económica muestra abundantes ejemplos de los perjuicios del proteccionismo, en la mayoría de los países un importante segmento de la población tiende a apoyar las restricciones al comercio bajo la creencia de que dichas medidas favorecen la producción local e incrementan los niveles de actividad económica y de bienestar de la población en general.

Esta arraigada creencia se origina en un análisis superficial de los efectos de esas medidas y en una evaluación parcial de los hechos. No existen dudas acerca de que restringir la importación de determinados productos logrará reducir los volúmenes importados e incrementar la producción local de tales productos. Sin embargo, este efecto es sólo el inicio de una cadena de impactos secundarios adversos que más que compensan dicho efecto inicial favorable y que se reflejarán en una reducción de las exportaciones y en los niveles de bienestar.

Comparada con una situación en la que el comercio es libre, una restricción a las importaciones de bienes provoca, en un país tomador de precios, disminución del bienestar de la comunidad, asignación de recursos ineficiente, disminución de la producción de bienes exportables y de las ventas externas; mientras que el efecto sobre el resultado comercial se verá inalterado a menos que se produzcan efectos sobre los movimientos de capitales.

En el caso particular de la Argentina, desde mediados del siglo pasado prevalecieron los regímenes de sustitución de importaciones. Como consecuencia de estas políticas se consiguió reducir las importaciones, pero las exportaciones hicieron lo propio, pari passu con la reducción de las importaciones. De esta manera, las ventas externas del país, que llegaron a representar casi el 3 por ciento del comercio mundial a mediados del siglo pasado, cayeron a poco más del 0,4 por ciento en la actualidad.

Participación de las exportaciones argentinas en el comercio mundial

La menor participación del país en el comercio internacional provocó la pérdida de contribución relativa sobre la economía mundial, pasando de ser una de las principales economías a comienzos del siglo XX, a representar menos del 1 por ciento del PBI global en la actualidad. El fracaso de los regímenes proteccionistas se origina en la creación de un sector industrial muy diversificado que resultó necesariamente insuficiente debido al tamaño del mercado interno y que, por eso, nunca pudo alcanzar las economías de escala requeridas. Al mismo tiempo, la protección elimina la competencia en el sector, que reduce notablemente el incentivo a innovar y a asignar los recursos de manera eficiente.

La liberalización comercial permite una reasignación de recursos desde sectores ineficientes y estancados hacia sectores competitivos y dinámicos. Así, aumentan las importaciones de bienes de capital como parte del proceso de incremento de la inversión y de la productividad. La presión dela competencia hace indispensable transformarse para sobrevivir.

La ganancia de eficiencia en las actividades establecidas y las nuevas actividades competitivas internacionalmente terminan generando un aumento de las exportaciones. Si bien la apertura a los mercados de mercancías es importante, la integración a los mercados de capitales resulta fundamental, ya que las transacciones financieras superan ampliamente a las transacciones de bienes y servicios. Dado que los capitales financieros reaccionan de manera veloz, no sólo ante cambios fundamentales, sino también como consecuencia de alteraciones en la percepción de riesgo de los agentes, estos movimientos están caracterizados por una gran volatilidad, pudiendo provocar inestabilidad en los mercados y desequilibrios macroeconómicos en las economías más vulnerables. Ningún país debe cometer el error de tratar los movimientos de capitales como flujos normales y estables, por lo que se deben adecuar las instituciones e instrumentos de política económica para beneficiarse de ellos y contrarrestar los efectos negativos de su volatilidad.

En las economías que estuvieron sujetas a esquemas proteccionistas, la apertura, el lanzamiento de medidas que tienden a reducir la percepción del riesgo, el mejor funcionamiento de las instituciones y el incremento de la tasa de retorno de las inversiones permitieron el acceso a los mercados de capitales. Esas condiciones harían posible disminuir las salidas de capitales y comenzar a atraer otros del exterior, que permitiría expandir el gasto interno tanto en lo que se refiere a la inversión como al consumo.

El crecimiento en los niveles de gasto se reflejaría en incrementos en los niveles de producción; al mismo tiempo, el aumento del gasto en bienes de capital generaría alzas de la capacidad productiva. El mayor uso de la capacidad productiva y una mayor disponibilidad de crédito redundarían en un aumento de la productividad y en reducciones de los costos financieros, aumentando la tasa de retorno presente y esperada del stock de capital e incentivando la concreción de nuevas inversiones. El ingreso de nuevos capitales externos podría generar saldos negativos en la cuenta corriente de la balanza de pagos.

Aunque la dinámica anteriormente descripta está presente en la gran mayoría de los casos exitosos de desarrollo sostenido, existe una tendencia generalizada a considerar erróneamente que todo déficit de cuenta corriente es inherentemente perverso. Medidas que se orientan a reducir la percepción del riesgo –como podrían ser atemperar inicialmente los desequilibrios externos, controlar la expansión de gasto público o constituir fondos anticíclicos– serían necesarias  para evitar que el desequilibrio externo afecte los movimientos de capitales.

En el caso argentino, el financiamiento externo resultará fundamental en los próximos años tanto para el desarrollo del potencial del sector energético como para revertir el proceso de descapitalización evidenciados en los últimos años. Mientras el mundo está cada vez más integrado y globalizado en el comercio y en las finanzas, la Argentina se encuentra cada vez más aislada. El aislacionismo no es una opción económica ni política para ningún país, puesto que conduce necesariamente al atraso y al subdesarrollo. Insertarse en la economía internacional es una obligación, no una elección. Sin embargo, las formas de hacerlo deben ser evaluadas de un modo muy cuidadoso, que contemple tanto las ventajas como las desventajas de cada una de ellas.

Las autoridades económicas tienen algún grado de influencia en el nivel y en la velocidad de la apertura en el mercado de bienes, pero escasa en la determinación de la velocidad de apertura en el de capitales, que es decidida por el público y no por el gobierno. Por tal motivo, y debido a la reticencia que tiene el mercado a los desequilibrios en las cuentas externas de un país, resulta preciso tomar medidas para evitar que un proceso de inversión se convierta en la semilla de la próxima crisis.

Por Fernando R.Marengo
Socio del Estudio Arriazu & Asoc.
Prof. de la Maestría en Dirección y Administración de Empresas