Los riesgos del supuesto “bajo” endeudamiento

Por: Fernando R. Marengo - Socio y Economista Jefe. Estudio Arriazu & Asoc.

San Miguel de Tucumán, 18 de agosto de 2015

La historia argentina muestra que los gobiernos tienden a incrementar su gasto cada vez que las circunstancias se lo permiten. Las cifras revelan que cuando las mejoras en los términos del intercambio se reflejaron en incrementos de la recaudación, la confianza mejoró el acceso a los mercados de capitales, o las condiciones económicas facilitaron la emisión monetaria, todos los gobiernos incrementaron sus gastos. El peligro en esta oportunidad surge por el potencial que presentaría el país para endeudarse dada la reducción de la relación deuda/PBI luego de la última reestructuración de la deuda pública.

La falta de consensos sobre lo que se considera una senda de crecimiento sostenida y sustentable llevó, a lo largo de la historia argentina, a que los desequilibrios económicos nunca se atendieran oportunamente, por lo que los ajustes de estos desequilibrios siempre se hicieron cuando el desorden económico era generalizado, y la situación social crítica.

A pesar de unas pocas voces divergentes, parecería existir hoy un consenso entre la mayoría de los analistas sobre la necesidad de corregir, tan pronto como sea posible, los desequilibrios que se acumularon a lo largo de los últimos años, aunque es importante aclarar que éstos no son tan profundos como en el pasado. Como ejemplo de estos desequilibrios se pueden mencionar el creciente déficit fiscal –agravado por la política de subsidios–, la pérdida de competitividad externa, la elevada presión impositiva (a pesar de lo cual se debió recurrir al impuesto inflacionario para financiar un nivel de gasto público insostenible), el déficit comercial energético y las distorsiones asociadas a los controles cambiarios, de precios y a las restricciones comerciales.

Entre las fortalezas que presenta el país se destacan el bajo nivel de deuda pública, un desequilibrio externo pequeño –señal de que el país es su conjunto no vivió más allá de sus medios-, la existencia de un sistema financiero pequeño, sólido, líquido y sin descalces, y un contexto externo relativamente favorable, a pesar de la reciente baja de los precios de las materias primas.

A fines del año 2014 el nivel de deuda del sector público nacional equivalía a unos 43 puntos porcentuales del PBI; de este total, el equivalente a apenas poco más de 10 puntos porcentuales del PBI se encontraba en manos de privados mientras que el resto estaba fundamentalmente en agencias gubernamentales. Sin embargo, estas cifras no incluyen obligaciones existentes que todavía no se incorporaron al endeudamiento, y que deteriorarían este ratio en la medida que una próxima administración tienda a regularizar la situación con los tenedores de deuda que no optaron por los canjes ofrecidos por el gobierno, los juicios en el CIADI o el pago de los juicios a jubilados con sentencia en firme, entre otros. De todos modos, el nivel de endeudamiento del país continuará siendo exiguo en comparación con otras economías similares. Este bajo nivel de endeudamiento sumado a las sobretasas que ofrece el país respecto de países que se podrían suponer comparables -en un mundo con niveles de tasas de interés cercano a cero- hace suponer el fácil acceso al financiamiento externo por parte del sector público.

Ahora bien, la postergación del ajuste de los desequilibrios gracias al endeudamiento externo seguramente será una tentación, la cual habrá que evitar para que no se convierta en la semilla de futuros problemas.

Fernando R. Marengo*
Socio y Economista Jefe
Estudio Arriazu & Asoc.
Profesor del MBA que cogestionan la Fundación del Tucumán y la UNSTA

Fuente: Diario Clarín